El espacio seguro de su mano extendida

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 «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Mateo 11:28. El espacio seguro de su mano extendida: A veces la vida se vuelve increíblemente pesada. Los días se llenan de preocupaciones, el cansancio se acumula en los hombros y el ruido del mundo nos hace sentir profundamente solos. Es en esos momentos exactos, cuando las fuerzas parecen no alcanzar, cuando esta imagen cobra un sentido real. Jesús no te mira desde la distancia ni te juzga por el peso que llevas encima. Se inclina hacia ti, te busca con una mirada llena de comprensión y te tiende la mano. No pide que soluciones tus problemas antes de acercarte; te pide que se los entregues tal y como estás hoy. Su mano abierta no es solo un gesto de ayuda, es una invitación a la confianza absoluta. Al decirte «Ven a mí... y yo te haré descansar», te está ofreciendo un refugio seguro donde puedes soltar la carga, respirar de nuevo y recordar que no tienes que poder con todo por tu cuenta. Cuando sie...

LOS PAVOS NO VUELAN

Un paisano encontró en Catamarca un huevo muy grande.
Nunca había visto nada igual. Y decidió llevarlo a su casa.
-¿Será de un avestruz? -preguntó a su mujer.
-No. Es demasiado abultado -dijo el abuelo.
-¿Y si lo rompemos? -propuso el ahijado.
-Es una lástima. Perderíamos una hermosa curiosidad
-respondió cuidadosa la abuela.
-Ante la duda, lo voy a colocar debajo de la pava que
está empollando huevos.  Tal vez con el tiempo nazca
algo- afirmó el paisano, y así lo hizo.
Cuenta la historia que a los quince días nació un
pavito oscuro, grande, nervioso, que con mucha avidez
comió todo el alimento que encontró a su alrededor.
Luego miró a la madre con vivacidad y le dijo
entusiasta:
-Bueno, ahora vamos a volar.
La pava se sorprendió muchísimo de la proposición de
su flamante cría y le explicó:
-Mira, los pavos no vuelan. Te sienta mal comer
deprisa. Entonces trataron de que el pequeño comiera
más despacio, el mejor alimento y en la medida justa.
El pavito terminaba su almuerzo o cena, su desayuno o
merienda y les decía a sus hermanos:
-Vamos, muchachos ¡a volar!
Todos los pavos le explicaban entonces otra vez:
-Los pavos no vuelan. A ti te sienta mal la comida.
El pavito empezó a hablar más de comer y menos de
volar. Y creció y murió en la pavada general: ¡pero
era un cóndor! Había nacido para volar hasta los 7,000
metros. ¡Pero nadie volaba..!
El riesgo de morir en la pavada general es muy grande.
¡Como nadie vuela!
Muchas puertas están abiertas porque nadie las cierra
y otras están cerradas porque nadie las abre.
El miedo al hondazo es terrible. La verdadera
protección está en las alturas.  Especialmente cuando
hay hambre de elevación y buenas alas.


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